25 mar. 2010

CAPÍTULO 6: O.PACÍFICO (I) – Ecuador - Panamá

"Somos millonarios en tiempo, tenemos toda la eternidad por delante"



Alexandre Di Monaco me dijo: "se você quisesse, pode vir comigo ate a Panamá, depois vou para Costa Rica e México. Saimos amanha cedo"

Aunque si sé algo de portugués, su cara me confirmó lo que mi alma había sentido y mis oídos escuchado. Le expliqué a Michael que su desorganización y falta de una fecha concreta para partir, sumado a que mi permiso de estadía en Ecuador, cada vez estaba más cerca de su fin, viajaría en el UBATUBA (nombre del catamarán de Alexandre, nombre además del pueblo en el que él vivía en San Pablo y, nombre indígena para decir "canoas grandes"). Michael se quedó sorprendido pues, yo ya lo había ayudado mucho y él, a cambio me había reglado una taza de té y una de avena en dos semanas ¡ahh! ¡y medio mango!
Le expliqué lo que sucedía de la forma menos hiriente y más sincera que me fue posible y le dije que eventualmente –pensando en que recapacitara- llegado a Panamá, podía ayudarlo a arreglar el resto de las cosas que tenía que reparar y acomodar y cruzar juntos el Pacífico.
Sonrió y dijo que muy bien, que le parecía una buna idea así él podía salir sin apuros de Ecuador.

El 9 de marzo, estábamos saliendo con Alexandre el "Capi" (de aquí en más) y su marinero Carlos hacía Panamá. Por algún extraño motivo, a 40 minutos de la salida, Alexandre subió a un metro y medio –primer escalón- del mástil y una pequeña olita levantó el barco. Él calló y con tan mala suerte que aunque parado, todo su peso sobre un solo talón. Luego de un examen del "doctor Pablo" decidimos que sería oportuno volver a Bahía y sacarse una placa de rayos x. Sorpresa cuando le sacaron la placa y le dijeron que estaba muy feo, que había que enyesar por 2 meses. El capi se quería cortar hasta lo que no tenía, no pedía disculpas por su negligencia, por el accidente, y con Carlos nos mirábamos sorprendidos y le decíamos que no dijera estupideces.

El hecho es que el 10, al otro día, resolvió salir pero nos dijo si estábamos seguros de querer hacer ese viaje de unos 4 a 6 días con él en ese estado. Ambos asentimos y esa mañana partimos. Todos los papeles estaban listos, los pasaportes sellados, ambos motores con aceite nuevo, full de diesel y también completos de gasolina para el motor del Dinghy (es como se denomina internacionalmente al zodiac, gomón o bote con motor fuera de borda).

Guillermo e Isabel, (con quien nos encontraramos en cabo pasado al día siguiente de haber salido de Bahía, una pareja asturiana del velero Tin Tin), me adoptaron como sobrino y me ayudaron mucho en la pesquisa de la embarcación para salir de Ecuador también.
Cabe destacar y agradecer además, que Guillermo, hasta me dio clases de meteorología y astronomía para que estuviera mas al tanto de la mar (como él decía que un buen marinero debía referirse a ésta en femenino) y hasta clases de seguridad en navegación por el solo gusto de compartir sus más de 2 décadas de experiencia en la mar.







Para mí y sólo para mí, era la primera vez que estaría al mismo tiempo tan lejos de tierra como tan cerca del fondo del mar. Mi tendencia es a marearme en una hamaca paraguaya leyendo un libro, a sentirme mal en un camión haciendo el espiral en la subida de alguna montaña…; ya veré cómo me las acomodo aquí, sobre este constante balanceo que no se detiene por poner un pie en el suelo y en el que tampoco se puede pedir que "paren el mundo que me quiero bajar"...

El hecho mis queridas amigas y amigos es que salimos, luego de tantos kilómetros rodados, luego de tantas hermosas personas, luego de tantas bondadosas almas e indescriptibles momentos de gratitud total con el Universo y paz en mi propio corazón, ¡salimos ñañitas y ñañitos!

Sin duda que esta etapa marca un inicio en un aspecto y un final de un capítulo que quizás, no se ha terminado de escribir. La emoción y excitación que siento en este día es imposible de reproducir en palabras. Me siento muy agradecido con la vida, con cada ser humano que ha colaborado para que hoy yo, pueda formar parte de la tripulación de esta nueva experiencia.

El panorama exige que escriba menos, piense menos y disfrute más. Por lo mencionado, al llegar a Panamá haré un breve resumen de lo acontecido. De momento espero que sea suficiente para que todos quedemos con ganas sobre "¿y ahora qué?"

Deslizándose en el éter como un vaso flota sobre la propia agua que gotea por una transpiración que está dada por una interacción entre lo interno y externo fue como nadó ese catamarán. Buscando los mejores vientos, las olas menos cortantes, la condición más fluida del Océano es como llegamos a Panamá; pero antes, contaré un poco sobre los 8 días de camino.

Los primeros 4 días fueron sin duda de acostumbramiento, de algún vómito, de malestares generales pero a la vez de una experiencia superior, y digo superior como fue en su momento y hasta el día de hoy, la primera ingesta de Ayahuasca en la selva del Amazonas, como el hecho de nacer a una nueva vida y forma de verla como tal, como VIDA.

A más de 2600 metros de profundidad cuando navegábamos de Ecuador a Panamá, nos cruzamos con más de una bolsita que alguien, ingenuamente pensó que no era nada pero, demostraba ser insignificantemente importante ya que asquerosamente hacía honores a la conciencia humana.




















Delfines escoltando el Ubatuba por todos lados. Por popa dos o tres, a estribor y babor más de 6 de cada lado; en proa, jugando, inocentemente saltando y disfrutando más de diez fue la cuenta con Carlitos que hicimos. Seres increíbles, incomparablemente dulces, tan hermosos como ellos mismos, tan tiernamente suaves como su nado, tan elegantes como sus saltos y sumergidas por debajo de ambos cascos del Ubatuba e incluso, hasta algunas gaviotas y pelícanos que se aventuraban a acercarse a nosotros y se posaban sobre el agua.















Así fue que llegamos a Perlas. Un archipiélago de islas no habitadas panameñas. La vida se desenvuelve en tonos de verdes, azules, turquesas. Los pececitos de colores, las estrellas de mar rojas como la sangre, las tortugas que temporalmente aparecen aunque más no sea de curiosas; Perlas, puntualmente la Isla Espíritu Santo donde el capi decidió de anclar, fue una más, una experiencia más pero no simplemente una más.














La verdad es que fue un gran desafío ponerme unas patas de rana, un esnorquel y adentrarme en el útero de la Pachamama donde se gesta la vida y donde un día, se gestó la nuestra propia y, a través de la involución innegable, hoy destruimos a pasos agigantados. Miedo realmente me daba sumergirme en otra nueva experiencia de conocimiento, de des-ignorancia.
¿Cuántos de nosotros vamos durante toda la vida a la playa y en el mejor de los casos, buceamos hasta la profundidad de donde estábamos parados?, qué triste es no darse cuenta de la magnitud que existe debajo de la cintura hasta la que nos animábamos a entrar. Hasta 20 metros de profundidad que la luz solar llega casi sin contratiempos, uno va bajando capa tras capa, metro tras metro y conociendo nuevos colores, nueva vida, nuevas formas y hasta nuevos sonidos.

Es para mí un verdadero orgullo presentarle a mi cuerpo esta experiencia y para mí una verdadera felicidad darle la oportunidad a mi alma de que se funda por primera vez con ese todo del que tantos maestros espirituales hablan.
¿Cómo se sentirá una gota de lluvia al fundirse en el Océano?

 











Sería gastar letras contar todos lo que viví pues, sería inútil el intentar transmitir algo que no solamente no se vive con la mente, sino que ni con el corazón. ¿Por dónde andaría en ese momento que no recuerdo ni las fotos acuáticas que tomé, por dónde estaría mi mente y mi corazón que viendo los videos, incluso hasta el día de hoy tengo que hacer esfuerzos por saber cuándo los hice. Zampoñas, flautas y sonidos de las profundidades del Tíbet se ejecutaban de alguna manera a los escasos 4 o5 metros que mis oídos me permitían bajar por la presión. No era solo la vida que yo mismo saboreaba con mis ojos, sino la que atrás de mí se forjaba instante a instante en magnitud de formas y colores.

Finalmente, luego de unos días de "descanso" en el archipiélago de Perlas partimos para cubrir las últimas 50 millas náuticas (algo así como 90 kilómetros) hacia la ciudad de Panamá.
Pasadas unas 8 o 9 horas arribamos luego de 8 días de navegación (incluyendo el descanso en Perlas) a Panamá City (como le dicen los locales a su propia capital)











se mismo día, luego de hacer las correspondientes acciones migratorias, (donde me encontré con el siguiente y único cuadro que había en la habitación de migraciones) fuimos al hospital para que le vieran el pie al capi. Allí esperamos afuera mientras era asaltado por el médico de turno que no se conformó con robarle él, sino que le dio la oportunidad también a su amigo del laboratorito de rayos x para que se llevara también su tajada.


Cuadro de migraciones de Balboa en Ciudad de Panamá.


Fotos desde las alturas del hospital San Fernando









Dimos unas vueltas por las marinas que teníamos al lado en busca de buenos precios de diesel y empujando la flamante adquisición del capi, paseamos un poco en las inmediaciones de la marina Brisas de Amador donde nosotros hubiéramos anclado.
















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