14 oct 2009

CAPÍTULO 4: PERÚ (II) Juliaca - Arequipa

Juliaca – Santa Lucía – Imata – Arequipa


La salida de Juliaca fue muy temprano y luego de haber disfrutado de una fiesta anual llamada “Parada universitaria.

A las 6 en punto de la mañana del 16 de octubre ya estaba saliendo de la ciudad.
Más y más voces de “gringo” regrese cuando quiera, etc. se fueron apareciendo durante los primeros kilómetros.

Un breve pero consistente desayuno rutero tuvo lugar a las 7am cuando ya no tenía más fuerzas para pedalear (pan, queso, bananas, agua y miel)

A las 9 de la mañana estaba llegando a un pueblito, Cabanillas.



Compré a un cholita que vendía frutas en la plaza principal, mangos y bananas y a la salida de este, para evitar el ya conocido “show del gringo ciclista” ingerí compartiendo con abejorros, moscas, ovejas y un trabajador de vialidad que tenía como tarea barrer la ruta… ¡SI!, barrer los cientos y cientos de metros que estaban comprendidos en un determinado margen de la ruta de salida de Cabanillas.

El pedaleo continuó hasta Santa Lucía, hermoso pueblo que no pude alcanzar sin que la ya delicada (por gastada) cubierta trasera fue penetrada por una PIEDRITA y ésta, la traspasó ocasionando graves lesiones a la cámara.

Abajo se pueden visitar algunas fotos de este muy lindo pueblito, auténtica capital alpaquera de la región, el país y el mundo como había un gran anuncio que lo explicitaba con fotos y explicaciones extras.

Don Flavio es el nombre del septuagenario que me asignó la municipalidad para que me acompañase y estuviese a mi servicio (según dijeron) el tiempo que yo quisiera quedarme allí, en el complejo recreacional que allí disponían.
Me dio este lindo hombre ¡una cama! y mientras yo tocaba la guitarra, el exprimía la bombilla y revolvía con ésta el mate como si fuera a hacer merengue.

Antes del amanecer me levanté para cambiar las cubiertas; la trasera para adelante y viceversa.
Una vez hecho esto, con más remiendos que Frankestein, las ruedas estaban listas para llegar a Arequipa según mi idea.
Pasé luego de una despedida de don Flavio por la bicicletería que mi amigo Flavio me había indicado para ajustar las cubetas (o conos que son la parte interna del eje que se ajusta para que la rueda no tenga “juego”

Fui hasta el mercado de abastos y me tomé un rico yogourth 100% natural y sin químicos que me vendieron allí por 50 céntimos de sol.

El trayecto de Santa Lucía a … algún lugar incierto al que seguramente llegaría fue muy interesante.
Intenté dejar de pensar por ese tramo, solo por ese tramo al menos.
Logré un resultado increíble; al cabo de pocos kilómetros, ví una sonrisa casi desconocida en el espejo de la bici. Resultó ser la cara de un Pablo que no reconocía del todo, de hecho, casi en absoluto.
Pese a la mugre, la barba y el sol que se reflejaba también en el espejo, apenas lograba discernir un contorno facial que me recordaba a alguien.

En ese momento, comenzó una seguidilla de recuerdos de toda mi vida, de mi infancia, de mi vida en Estados Unidos, de mi paso por Cataluña, de la universidad en Viña del Mar (Chile) de novias y amigos, de hermanos y compañeros de caminos, de todos los papás y mamás que he tenido en estos últimos años que fue lo suficientemente fuerte como para que no me diera cuenta de que en un momento, cuando volví dentro de mi cuerpo y salí de tanta imagen y película mental estaba situado al otro lado de la ruta, con los dos pies apoyados a 30 centímetros de la banquina.
Me resultó por demás interesante tal experiencia y para no apegarme tampoco a este tipo de resultados, intenté seguir el viaje de una manera más “común” sin intentar cosas “raras”.


Pasé luego de esto por lugares exquisitos. Sin ir muy lejos, pongo aquí algunas fotos de hasta un puente que crucé, con garzas rosadas (no se si se lleguen a ver)



Las subidas continuaron hasta que sin yo saberlo, me aproximaba más y más a la altura cumbre de ésta zona de Perú.

Me encontré en medio de nubes grises que intentaban asustarme pero yo las miraba encandilado de su poder, de su majestuosidad; como caído del cielo también, en el instante que me calló la primer gota en la frente y corrió arrastrando consigo la tierra de varios cientos de kilómetros hasta la pera, levanté la vista y me di cuenta de dos cosas; una que venía manejando, pedaleando sin mirar al frente…, y otra, que habían 2 casitas y allí, seguramente podía refugiarme.

En el cruce, a 10 kilómetros de Imata, se desató un temporal de viento y algunas pocas gotas de lluvia que me empujó a preguntar en una de estas casitas si me podía resguardar allí hasta que la tormenta pasara.

Sandra, me hizo pasar, corrió una mesa que allí tenía y me indicó donde debía de colocar la bicicleta. Cuando acababa de terminar de entrar y estacionar esta, apareció con un plato de sopa y se sentó a conversar conmigo. Me dijo: “espero que no te importe que no tenga carne, es una sopa vegetariana…”

No puedo explicar con palabras la sensación de ese momento considerando que yo, soy vegetariano y bajo ningún motivo, como ninguna carne, sumado a que, estaba FAMLÉICO.

Salí ya como a las 16hs con un viento muy serio en contra. Yo solo sonreía y miraba hacia arriba mientras empujaba el semiremolque de 85 kg que arrastraba y lagrimeaba creo yo, a causa del viento.
En algún momento, dejé de pensar en el viento y lo que me estaba costando fisicamente el llevar esa situación y empecé a cantar cuando de repente, veo un cartel que dice…

A mi mano izquierda, un nevado envuelto en grises y temerosas nubes

A los pocos minutos y luego de haber llegado a la comisaría, estaba conversando con los policías allí presentes, puntualmente con Juan, el comisario encargado que me autorizaba a pasar la noche allí.

Más tarde ya estaba muy oscuro y me enteré, que a 4654 metros sobre el nivel del mar, cuando hay mal tiempo, se congela el agua en las tuberías, se corta la luz y las comunicaciones incluso vía radio UHF-VHF policial se ven seriamente afectadas.

La vida en Imata es muy dura me decía Juan, “aquí la gente vive con mucho sacrificio, es más, sobre vive, no vive”. Me decía que cuando llueve, son fatales los accidentes de tránsito ya que no nieva tan siquiera, se congela el agua sobre la “pista” (carretera) y se convierte en una pista de patinajes de caminos de 40 tonleadas, motos, autos y que hasta la gente muere apelotonada con las patinadas.

Entre mate y mate, entre guitarreadas, preguntas y respuestas de ambos “lados”, recibieron un pedido de ayuda de una campesina, empleada de un rancho “al fondo del cerro” que estaba por dar a luz.
Ellos, los únicos individuos con vehículo flamante (puesto que el general los había visitado en pleno invierno y no aguantó ni 15 minutos en el pueblo mientras se recontra c… de frío) fueron a buscar a un médico (único en el pueblo) y volvieron muy tarde con la hermosa noticia de que una niña, acababa de elegir este plano para desarrollarse.

(también se muestra la cocina donde calentabamos el agua...)

53 kilómetros pedaleé desde Imata hasta Pampa Cañahuas, lugar donde se dividen las rutas para Cuzco, Juliaca o Chivay (donde se encuentra el cañón del Colca)
Durante el camino noté que el porcentaje de subidas ya era, significativamente menor al de bajadas o planos.

Cuando paré a hacer el 2do desyuno, ya que Juan me había servido como un mozo profesional (camarero) una riquisima y calentita taza de avena con leche y pan tostado; me tocan bocina de atrás desaforadamente; se enciende una sirena y más bocina. ¡Eran ellos que llevaban a un herido a Arequipa!
Me saludaron como quien saluda a un gran amigo y siguieron.

Pocos minutos más tarde, aparece de frente la foto que muestro a continuación.


Estos amigos europeos, creo que no notaron que deberían revisar el motor del autobús…

Siguieron apareciendo igualmente rectas interminables; rectas como en las que vivimos en la sociedad, una línea recta llamada tiempo, fragmentada, segmentada que creemos poder alargar, estirar, acortar, endentecer, y hasta escurrir. Líneas rectas que ya sabemos que nos llevan, en el mejor de los casos, a la jubilación, a terminar con decenas de pastillas y un cargo de conciencia sobre nuestro pasado inmedible.



Este tipo de imágenes, me hacen pensar en lo condicionados que vivimos, basados en esas ficticias seguridades que creemos tener, pero no quiero extender más mi relato yéndome por las ramas, así que ya escribiré sobre esto en el próximo artículo que ya tiene nombre, “Viajar con lo puesto”

En Pampa Cañahuas, apenas una especie de aduanita, un pueblito con unas 10 o 15 casas, existe un regimiento de la policía turista-ecológica.
Allí, los policías me informaron que desde allí hasta Arequipa no había absolutamente nada en el medio (cosas que al día siguiente corroboraría como cierto)
Decidí con su autorización el pasar la noche allí, a 78 kilómetros de la “ciudad blanca”.

Luego de meditar un rato, tocar la guitarra otro rato, dormir unas 3 horitas y despertarme nuevamente cuando todo ya estaba oscuro, salí de la habitación que se me había asignado y ví solo la vela del altar prendida iluminando; pregunté donde enchufar el cargador de pilas de la máquina de fotos y Enrique me dijo que allí no existía la electricidad, que solo contaban con un panel solar para cargar la batería de la radio policial y que evidentemente éste, funcionaba solo durante el día.

Al terminar esta frase me dijo, “estábamos a punto de despertarte, sírvete” y me extiende una taza de café y un pan. ¡Yo agradecí por supuesto! pero por dentro, saltaba de la alegría de seguir encontrando gente tan servicial, tan hospitalaria y tan amable. No quería saltar sobre ellos y abrazarlos ya que noté que eran “bien hombrecitos” y se lo tomarían medio raro…

He aquí algunas fotos de la huidle oficina que tenían.


La madrugada del 19 de octubre fue muy silenciosa. A pesar de que mis dos flamantes amigos había pasado la noche trabajando, deteniendo camiones y constatando los papeles, guías y libretas de conducir (así como estados de ebriedad, ec) las estrellas, sigilosamente se escurrían y le daban paso gentilmente al sol que comenzaba a incendiar todo lo que tocaba.

Me despedí como de costumbre de otras dos extensiones de mi ser y contento pero otra vez nostálgico trepé a la nena y comencé a calentar motores.

El sol en la espalda, una brisa muy suave pero, a favor, me llevaron a pedalear a un muy buen promedio de velocidad.


Partí del kilómetro 112, en Pampa Cañahuas y pornto, hube de llegar al 99, un número que ya es conocido por los seguidores del blog. (es el kilómetro en el que siempre me saco fotos junto a los mojones recordando, la foto que sacamos en Uruguay junto a los primero 99 kilómetros que recorríamos)

Curvas, paisajes de nevados, comunidades o pequeños centro poblados extraños, inhóspitos, en la mitad de la nada, hechos de adobe y paja, allí estaba todo, en esos 78 kilómetros a Arequipa estaban todas las bajadas que me merecía y, alguna más, muchas curvas y hasta un mirador, el mirador “Carlitos” de uno de los volcanes arequpeños, el Misti (según me dijeron significa, “señor”) y se viste de “gala” (cada 15 de agosto para festejar el aniversario de Arequipa) apareciendo todo nevado incluso, pese al calentamiento global.


(otras fotos del camino)

A escasos 28 kilómetros de Arequipa, apareción Yura, una especie de ciudad industrial, en donde no había nada visible para comprar comida ni otro sitio comercial más que las inmensas fábricas que intimidarían hasta la planta nuclear del señor Burns (de los Simpsons)

A 25 kilómetros de la ciudad destino, siguió una o dos subidas intensas y el resto, fue todo bajada, tanto así que no dí pedal por casi 45 minutos.

A la entrada de Arequipa, existe un par de poblados, uno de ellos, el que más la atención me llamó es “Ciudad de Dios”, no solo por su nombre, sino por su triste y similitud con la curda película brasilera (Cidade de Deus).

La bienvenida a Arequipa la da una empresa de celulares en vez del gobierno, municipalidad o al menos el ejército.

Una vez ya en Arequipa, el 19 de octubre, comienzan ahora las historias de gente rara y lugares que lindos o feos, son reales.

Continuará

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