27 sept. 2009

CAPÍTULO 3: BOLIVIA (XII) ETAPA II

Trayecto Cochabamba – La Paz

Quillacollo – Llavini










La salida fue tras una emotivísima despedida de Marcela, en la propia comunidad. Hube de aguantarme algunas desobedientes lágrimas que no dejaban de saltar en mi corazón.
Hasta la plaza Bolívar, “centro” de Quillacollo, fueron solo 5kms y en bajada pronunciada.

Esto me dio la pauta de que estaba muy cargado ya que me temblaba demasiado la rueda delantera por llevar todo el peso atrás.

Al llegar a ésta, Juan Pedro venía en un trufi y el resto de los chicos en otro.
Tomamos un desayuno de Tojorí, Api y pastel.
Juan, mi querido abuelo postizo, Ninfa, mi hermanita menor del corazón, Noe, Seba, Juan Pe eran quienes estaban allí.
Leo, por su parte, tras haber esperado por nosotros más de media hora tuvo que seguir sus asuntos y lo extrañamos en la “despedida”.

Luego de algunas fotos y los típicos comentarios para llenar el vacío evidente que existía en el aire, partí para no darle más largas al asunto.Por supuesto que un gran trozo de mi corazón quedó en aquel lugar y EN cada uno de lo que allí estaban y estuvieron durante los 10 meses y 1 día en Janajpacha















En bombeo, a medio camino entre Quillacollo y Llavini, en pleno final de una secuencia cruda de subidas, de dispuse a almorzar.
Aprovechando los bajos costos de vida en Bolivia y el poco tiempo que me quedaba en este país, me regalé un almuerzo en una tienda ¡valor 10bs!.
Mientras esperaba esto, llegó una camioneta. En su interior, dos hermanos adultos (unos 40-45 años) y un chiquito. Me empezaron a hacer las ya conocidas preguntas; de dónde viene, a dónde va, de dónde es, porque viaja y porque lo hace en bici, no se cansa, etc, etc, y un largo etc.
Miguel, el más preguntón, me resultó muy simpático. Más aún cuando me dio la tarjeta de SU hotel en La Paz y me ofreció de que me quedara allí el tiempo que quisiera sin pagar nada.

Mis ojos desorbitados pero intentando mantener la calma para no saltarle y darle un chupón; no volvieron a sus lugares cuando se levantó de la mesa, pagó mi almuerzo y compró una bebida de 2 y ½ lts y también me la regaló.

La señora que atendía allí, me miró cuando esta increíble gente se fue y me dijo “usted sí que tiene suerte eh!” No pude negarme a la señora.

El trayecto hasta Llavini (3092 msnm) fue tremendamente duro, y lo único que me consolaba eran las sabias palabras que don Juan que me había dicho. “lo único real es el presente”, así que intenté concentrarme en esto y no pensar en cuando carajo vendría la bajada.
Así hice 63 kms hasta este pueblillo donde mi primera frase a un caballero que estaba construyendo una casa fue “Un cuento por un techo para pasar la noche”
No tenía idea qué cuento iba a hacerle, pero… se lo dije igual.

Terminé en la escuela en donde poco hay para contar además de todos los niños reunidos, abrazándose, mirándome como bicho raro y riéndose de no sé qué.
Alejandro, el portero, me limpió un salón de clases y me invitó a que pasara allí la noche.
Súper tímidos los chicos, si me dirigía a alguno de ellos se reían todos y ése, corría y se iba.
Así que para no echarlos, decidí no hablarles individualmente ya que en el grupo se sentían más protegidos.
Luego de un rato, recibí una especie de garrotazo de Morfeo en la nuca y quedé dormido hasta el día siguiente.
Salí temprano para encarar el resto de la subida; según me decían los lugareños, lo peor, estaba por llegar.

(Eché de menos el pañuelo que perdí en el camino por el viento por hacerme colgado de un camión)

Y puta que era lo peor…
Desde los 3092 metros, no se cuantas veces subí hasta por encima de los 4000 y volví a bajar hasta que… como un toro me envistieron los últimos repechos.
A ponchazos, aproveché que hasta los camiones venían a paso de peatón en las subidas, y me enganché literalmente de unos cuantos para facilitar las subidas.
En uno de ellos perdí un guante, en otro la colchoneta, y en otro, un pedazo de codo…
El tema es que éstos, eran muy largos y para hacer las curvas hacia “adentro” tenían que abrirse mucho y me dejaban rodando sobre la banquina.

Ésta era de ripio (pedregullo) y en una de esas bajadas y subidas, la bicicleta se me fue a la mismísima m... y me tuve que tirar de la misma para no quedar enroscado entre los fierros.
Las bajas fueron menores, ya había perdido lo antes mencionado por lo que el abollón que recibió la botella del primus (la cocinilla) fue poca cosa.
Lo más lindo se lo llevó mi brazo que por ahí hay alguna foto.
Tenía piedras y tierra hasta en las … orejas…


Eso no me detuvo, me levanté miré para atrás incluso aún con la bicicleta tirada y dije en voz alta al mejor estilo Chuk Norris “¡Que pase el que sigue!”
Me reí solo unos minutos y continué empujando la bicicleta en las subidas y largándome en las bajadas. ¡Claro! Hasta que venía “el siguiente” y de él me colgaba como una garrapata en celo.

Tal fue la destreza que adquirí que ¡¡hasta podía enganchar un pié al guarda-barros de los camiones y manejar con una mano mientras filmaba con la otra!!










El siguiente pueblo que toqué, fue Sayari (4102msnm)















Aquí si merece la pena que cuente lo que sucedió semi-detalladamente.

Llegué a media tarde a Sayari donde me recibió Johnny, el profe de la escuela.El lleva 8 años a la fecha dando clases allí; oriundo de Cochabamba, el tipo era el fundador de la escuela al punto que los agradecimientos en la placa oficial que estaba en la escuela incluían su nombre













Sus alumnos, de entre 6 y 8 años eran increíbles.
Mientras dormitaba a los pocos minutos de haber llegado, vino uno y sin decirme nada, me entregó una naranja, me miró, sonrió y salió corriendo.
Al rato, le pedí a Johnny que me dijera dónde podía comprar pan ya que venía sin comer en todo el día y no me daban las… ganas para cocinar.
Me señaló una “tienda” en la que había unas cholitas que de castellano entendían tanto como yo de marciano. La tienda era el patio posterior de una casa donde estaban estas señoras lavando ropa.

Encaré con el hacia allí y llevé unas medias y un espejo de la bicicleta de Jazmín que yo no precisaba y se los entregué.
Ellas mal-entendieron que yo quería hacer un trueque y me dieron coca (infaltable en los trueques) y pan.
Cuando les fui a pagar, casi que se ofenden.

Me volví a mi lecho y allí dormí como 14 horas y media.
A la mañana, 29 de setiembre, disfruté de los niños y su VERDADERA inocencia (eso si que es ser espontáneo), de perderme en los intensos colores que vestían éstos, tan coloridamente vivos, por dentro y por fuera.
Los infantes tenían los cachetitos y pómulos negros, cuarteados, quemados por el frío; ellos mismos limpiaban su escuela e incluso, hasta los baños. Los pies de ellos, también, resquebrajados por el frío, pero siempre con sus abarcas (hechas de llantas o cubiertas de camión) por lo que era inevitable el que esto sucediera; al no usar medias o algún otro abrigo en los pies, además de sucios por pasar el día en el suelo jugando, estaban muy lastimados pero parecía no inmutarles.

Cabe destacar que su juego preferido era, saltar la cuerda con unos pedazos de cintas de cueros deshilachados y el otro, el predilecto, era jugar a las bolitas (canicas) con pedazos de huesos de animales muertos (que ellos mismos redondeaban hasta lograr una esfera raspándolos contra piedras)
Se reían mucho y eran tímidamente tiernos.
Sus miradas eran profundas, sinceras y como la de pocos niños que yo haya conocido antes.













Acompáñenme hasta la Tranca





Una vez que salí de Sayari, con oootro pedacito menos de corazón pero con varias hermosas sonrisas en la mochila del alma, emprendí la marcha hacia La Cumbre.


















Casi a 5 kilómetros sobre el nivel del mar, La Cumbre (4496msnm) fue algo tremendo de alcanzar.
Llegué como un náufrago en medio de una tormenta a la costa; entre camiones y empujadas, entre caídas y risas al el encuentro con el cielo.
Ahí se acabaron las risas superficiales y los dolores corporales. Experimenté lo que es fundirse con la Pachamama sin ni siquiera buscarlo.
Estaba en el punto más alto de todos los puntos altos de la zona.Desde ahí, a 4500 se sentía el vacío, se presenciaba la vida sin obstruir su fluir, algunos cóndores sobre volaban en las alturas y yo, estaba ahí, mirándoles planear a 20-30 metros de mi ser.





Tan lleno de todo estaba en ese momento que ni siquiera amagué a sacar la cámara de fotos.
¡Es que no se me ocurrió!
La vida se representaba allí en todo su esplendor, en el mágico momento presente; el silencio, hablaba.

A los minutos de estar allí, dos weones, es decir, dos chilenos bajaron y se sacaron una foto conmigo porque no creían que hubiera llegado hasta allí a puro “¡huevo weón!”
Sergio y su amigo no paraban de decir, “pero es que no es posible weón”, “te dai cuenta po weón, que este weón se subió todo esto y nosotros nos quejábamo en el auto weón!?”
Yo me reía para mis adentros e intentaba seguir “ensimismado” con aquella danza de cóndores, magia, colores, vientos; VIDA.

La bajada desde allí no fue menos intensa que la subida.
Fueron varios kilómetros sin dar pedal hasta la tranca en donde me detuvieron los policías para invitarme a almorzar y unos porteños motociclistas (con cada moto de 30 mil dólares) y como monito me sacaban fotos y se las sacaban conmigo.

Agradecí el almuerzo pero, como no como carne y los policías en Bolivia son SÓLO carne como en USA son donas y café y en Uruguay, bizcochos y mate; seguí rumbo hacía otra seguidilla de subidas más.
La tranca previa (peaje con control policial de documentación y alcohol) al camino que se divide en la ruta a La Paz o a Oruro, fue mi objetivo próximo a alcanzar.














Allí, los policías un poco que dudosos pero en fin, me facilitaron una habitación muy roñosa.
Allí pasé la noche luego de haberme cocinado algo para comer.
Todo fue muy tranquilo y la lluvia que parecía avecinarse como un apocalipsis, fue una simple, falsa alarma.














El 30 de setiembre, tempranito no má, salí hacia La Paz nuevamente.
Este camino ha sido muy largo y tedioso.













Cuando todo parecía estar perdido entre subidas y viento de frente, con hambre y poco agua, vi una alucinación que pocos segundos después se convirtió en realidad.

Eran dos ciclistas suecos, que venían como del cielo a decirme…”vamo que se puede”
Luego de pasarme el dato de un tal Cristian que tenía una casa de ciclistas en La Paz, intercambiamos algunos datos ya que ellos iban en la dirección opuesta a la que entramos a Bolivia hace 1 año atrás y retomamos los 3 cada quien con su marcha.

Me quedé muy contento de experimentar por “octogésima novena” vez que cuando todo parece perdido, aparece la luz al final del túnel para alentarnos y que sigamos pateando como en el cuento de las ranitas en el balde de leche, hasta que ésta se transforma en manteca (mantequilla) y podemos salir caminando (en mi caso, pedaleando o empujando…)






















Pocas horas más tarde, llegué a una nueva tranca.













El policía estaba allí, sentado en su jeep escuchando música en su celular.
Le planteé la situación y accedió a ayudarme.
Me pidió unos 15 minutos pues le acababan de informar por radio que había un caso de accidente con un muerto.
Esperé que fuera a visitar al difunto (que yo no estaba muy lejos de serlo) y luego de 1 hora, viendo como se avecinaba la tormenta, lo volví a encarar.
Me dijo que no me podía dar alojamiento y yo me puse muy mal, más malo que un bicho (dijera el Martín Fierro)

Le dije de todo menos que era lindo, y no me importó un reverendo pepino que fuera él, la “autoridad”.
Agachó la cabeza y no dijo “ni mu” el gran toro carnudo lechuguita.

Frustrado, caliente como novia de bobo, retomé la marcha mirando al horizonte y comprobando que la tormenta venía en sentido directo a mis ruedas.

Vi la estación de servicio Konani (con el mismo nombre del pueblo que la contenía) a los pocos hectómetros y me metí allí. Mi intención era al menos, pasar la tormenta allí y luego, armar la carpa en algún lugar en el altiplano (no hay dónde armarla sin que ésta, se vea de kilómetros a la redonda)

Don Pedro, el pistero (el que carga el combustible) mi hizo pasar y sin ni preguntarme, me dijo que me podía quedar allí señalándome una habitación.
Yo estaba mudo, otra vez, con la luz al final de túnel diciéndome, “viste que vale la pena boludo”











A los pocos minutos comenzó una granizada que el marco de la ventana que tenía “mi” dormitorio, quedó con más de 5 cms de altura de piedras.Fue un espectáculo natural realmente. Rayos, truenos, granizo, viento muy fuerte, lluvia.





















Cuando la noche tocó este pueblo, don Lucho, el dueño de la estación, muy simpático y extrovertido me inivtó a cenar chicharrón. El chicharrón, en Bolivia es pollo rebozado y frito; por lo que no me tentó mucho y le agradecí pero me senté a conversar con el igualmente.

En medio de una cena de familia me encontré tras una hora de cháchara sin parar.
Me ofreció de llevarme hasta La Paz y obviamente le agradecí pero le expliqué que mi viaje, era en bicicleta a no ser serios casos excepcionales.

Alrededor de las 6:30am, partí hacia Ayo Ayo, un pueblito a unos 70 kilómetros de Konani.













Mi andar hasta La Paz, lo resumo a continuación.












Konani – Ayo Ayo – La Paz





Con un constante viento/brisa de frente hasta Ayo Ayo a partir de las 10 am, pedaleé pasando por varios poblados hasta hacer el almuerzo de frutas muy ricas en Patacamaya.




(aquí algunas fotos del recorrido creo inluso, que en órden cronológico)



































Pese a su monotonía, con la actitud adecuada, el altiplano tiene su encanto
Los paisajes en el altiplano, no son tan “planos” como la palabra lo dice. Si bien el terreno es chato, plano, recto y constante, los colores, sutilmente van cambiando, las llamas terminan casi que hablando con uno, todo puede resultar entretenido si se quiere.



Finalmente en Ayo Ayo.





Descanso de sal es lo que esto significa en quechua. Cuando traían en mula la sal desde Chile, el primer descanso que hacían las mulas y sus jinetes era allí puesto que había mucha agua pura y cristalina.
Me explicó esto y otras tantas cosas el portero de la Municipalidad local que me albergó allí.





(esto estaba debajo del indígena correpondiente en el centro de la plaza principal)








Luego de dejar la bicicleta, di una vuelta por el pueblo y me resultó muy, muy triste el ver como algo tan lindo, que preservaba tanto la antigua cultura y arquitectura, terminara siendo el chiquero que era éste frente al cementerio, en la parte posterior de este lindo lugar.
La belleza de la plaza central, la simpatía de sus habitantes y el paisaje precioso que de allí se avistaba, era opacada por la mugre que tenían en el “patio del fondo”

Muy temprano, antes que el sol incluso se despertase, salí a la ruta la mañana siguiente.
Estuve pedaleando como una hora sin sentir las manos, con hambre y con mucho frío y con poco oxígeno para respirar. A los 20 kilómetros me encontraba en Calamarca.


Una curiosa abuela aimara con su nieto (huérfano) se sentó allí a mi lado mientras comía pan con miel.
Inmediatamente le di un pan con miel para ella y otro para su nieto.
En castellano-quechua-aimara-dibujos logramos comunicarnos lo básico.
Ella muy agradecida, antes de levantarse, abrió su aguayo (tela de colores que usan como mochila o bolso en la espalda en Los Andes) y sacó de una bolsa de 5 panes 2, y me los dio.

Sentí un profundo respeto y cariño por esta señora tan gentil. Me quedé un rato allí apreciando como caminaba mientras se alejaba a otro pueblo (al cual no había ni siquiera camino) para que el médico viera al chiquito que estaba engripado.


Continué la ruta hasta que otra alucinación me presentaba una pareja de adultos en un tándem (bicicleta doble originaria de Francia)
Éstos dos, también eran de allí. Venían desde Lima pedaleando y habían pasado por La Paz. Me dieron una serie de recomendaciones como típicos papas en donde les faltó decirme sólo “ten cuidado para cruzar la calle”
Muy simpáticos y en francés-inglés nos entendimos mutuamente y continuamos nuestros caminos.
Horas más tarde, luego de una ardua lucha contra Wayra (el viento) en la que como siempre, gané yo, llegué a La Paz, capital de la república boliviana tras atravesar la ciudad de El Alto (a 4 mil msnm) luego de haber chupado más humo de los escapes de los buses, micros y trufis que en todo el último año junto.








(foto tomada para Naimá en pago por la deuda de las fotos de los murales de la comunidad)









La llegada a la capital boliviana fue muy larga. Se entra por otra ciudad llamada El Alto, imagínense porque… A más de 4000 metros, y con una recta de más de 20 kilómetros y mucho tránsito son algunas de las peripecias que hube de atravesar para llegar a la ciudad de La Paz.














Continúa en "CAPÍTULO 3: BOLIVIA (XII) ETAPA II (final)"

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